Un artista que desafió nuestra manera de ver
Ha muerto David Hockney. Cuando los medios de todo el mundo informan sobre el fallecimiento del artista británico, lo primero que recuerdan son las luminosas piscinas californianas y los precios récord de sus cuadros. Es comprensible. Al fin y al cabo, el autor de «A Bigger Splash» y «Portrait of an Artist (Pool with Two Figures)» fue uno de los pintores contemporáneos más reconocibles del planeta.
Pero aquí reside una paradoja profunda. Durante toda su vida, Hockney intentó demostrar que el arte no consiste en contemplar imágenes. Consiste en verdaderamente mirar.
El 11 de junio de 2026 nos dejó un artista que durante más de seis décadas planteó una pregunta sorprendentemente vigente hoy, en la era de los smartphones y la inteligencia artificial: ¿realmente vemos el mundo tal como es?
El hombre que desconfiaba de la fotografía
La mayoría de la gente considera la fotografía como el registro más fiel de la realidad. David Hockney pensaba exactamente lo contrario.
Según él, la cámara ofrece una versión simplificada del mundo. Captura un único instante desde un único punto. Sin embargo, el ser humano mira de otra manera. Durante una conversación, los ojos viajan constantemente entre el rostro del interlocutor, sus gestos y el entorno. La memoria se entrelaza con lo que percibimos en el presente.
Por eso Hockney dedicó décadas a crear imágenes que no representaran la vista en sí, sino la experiencia de mirar. De esa fascinación nacieron sus célebres fotocollages de los años 80. El artista tomaba decenas de fotografías de un mismo lugar y las unía en una sola composición. El resultado eran imágenes que parecían rompecabezas, donde la perspectiva se fragmentaba deliberadamente. Para Hockney no era un experimento formal: era un intento de mostrar cómo funciona realmente la visión humana.
Las piscinas fueron solo el principio
Aunque siempre quedará asociado a las piscinas californianas, el propio Hockney probablemente habría sonreído ante semejante simplificación. En sus cuadros, el agua era tan importante como la luz, el espacio o el movimiento de la mirada.
Le fascinaba cómo el ser humano percibe la realidad y cómo ese proceso puede traducirse al lenguaje del arte. Por eso sus obras parecen a la vez realistas e irreales. Muestran un mundo que reconocemos, pero de una manera que nunca habíamos visto antes.
Después de los setenta descubrió el iPhone
Muchos artistas de su generación observaron la revolución digital con desconfianza. Hockney hizo exactamente lo contrario.
Cuando descubrió la posibilidad de dibujar en la pantalla de un iPhone, comenzó a crear ramos de flores digitales cada día y a enviarlos a sus amigos. Más tarde se pasó al iPad, que se convirtió en una de sus herramientas de trabajo fundamentales. Fue entonces cuando surgieron cientos de paisajes digitales, retratos y naturalezas muertas que se exhibieron posteriormente en los museos más importantes del mundo.
Para Hockney era indiferente si creaba con un pincel, un lápiz o una pantalla táctil. Solo importaba una cosa: si esa herramienta le permitía ver el mundo de una forma nueva.
Su obra más extraordinaria nunca colgó en una galería
Uno de los proyectos menos conocidos de Hockney fueron los llamados «Wagner Drives». El artista invitaba a amigos a recorridos en coche por las montañas de California. La ruta estaba cuidadosamente planificada, igual que la hora de salida, el ritmo de conducción e incluso el momento exacto en que debía sonar una determinada frase musical de Richard Wagner. El clímax de la pieza tenía que coincidir perfectamente con la visión del sol poniente o con la apertura de un nuevo paisaje.
No se creaba ningún cuadro. La obra de arte era la experiencia en sí misma.
Esto quizás ilustra mejor que nada la amplitud con que Hockney entendía el arte. No lo limitaba al lienzo ni a la galería. Le interesaba todo aquello que pudiera agudizar la atención humana.
Los rollos chinos transformaron su pensamiento
Uno de los descubrimientos más decisivos del artista fue su encuentro con la pintura tradicional china.
El arte europeo desde el Renacimiento nos ha acostumbrado a mirar desde un único punto de vista fijo. Hockney lo consideró natural durante mucho tiempo. Fue al estudiar las pinturas chinas sobre rollos cuando comprendió que una imagen puede funcionar de manera completamente distinta. El espectador no permanece inmóvil ante la representación: se desplaza a través de ella, descubriendo sucesivos fragmentos del espacio.
Esta experiencia tuvo una influencia enorme en sus obras posteriores. Cada vez le interesaba más el cambio de perspectiva y el movimiento de la mirada, y cada vez menos la ilusión clásica de la realidad.
Los récords le importaban menos que la próxima idea
En 2018, el cuadro «Portrait of an Artist (Pool with Two Figures)» se vendió por más de 90 millones de dólares, estableciendo entonces un récord mundial para una obra de un artista vivo. Para la mayoría de los creadores habría sido la culminación de toda una carrera. Hockney, sin embargo, parecía mucho más interesado en su siguiente experimento que en su propia leyenda.
Amigos y colaboradores señalaron en numerosas ocasiones que un nuevo proyecto le entusiasmaba bastante más que los éxitos anteriores. Incluso después de los ochenta años seguía probando nuevas tecnologías y buscando formas inéditas de representar la realidad. Jamás se encerró en un único estilo. Nunca consideró que ya lo había conseguido todo.
La lección más importante de David Hockney
Tras la muerte de los grandes artistas, solemos recordar récords, exposiciones y obras maestras. En el caso de David Hockney merece la pena recordar algo más. Durante toda su vida insistió en que mirar es una habilidad que puede aprenderse. En un mundo saturado de imágenes, eso suena casi como un manifiesto.
Especialmente hoy, cuando cada día deslizamos cientos de fotografías y vídeos sin detener la vista más de unos pocos segundos. Hockney creía que el verdadero arte comienza precisamente cuando frenamos. No para ver más. Sino para ver con mayor atención.
Quizás por eso su obra seguirá siendo relevante mucho tiempo después de que se silencien las noticias sobre récords de subasta y grandes exposiciones. Porque David Hockney no solo pintaba cuadros. Durante toda su vida nos enseñó a mirar.



