¿Grasa o plástico? La polémica que sacude la ciencia sobre nuestro cuerpo

¿Grasa o plástico? La polémica que sacude la ciencia sobre nuestro cuerpo

Los titulares sobre microplásticos en nuestro cerebro, sangre o testículos han sido constantes en los últimos años, sembrando inquietud. Sin embargo, un giro inesperado en enero de 2026 pone en duda parte de esos alarmantes descubrimientos. Podríamos no haber estado midiendo plástico, sino otra cosa. Te contamos qué ha pasado y si podemos respirar tranquilos.

El diario británico The Guardian ha desenterrado una realidad incómoda: siete estudios de alto impacto sobre microplásticos en el cuerpo humano han recibido fuertes críticas en revistas científicas. A esto se suman otras dieciocho investigaciones que, aparentemente, pasaron por alto un detalle crucial: los instrumentos de medición podrían haber confundido el plástico con otras sustancias.

Un químico ha calificado esta situación de «bomba», y no parece una exageración. La credibilidad de algunos hallazgos está en entredicho.

¿Por qué las dudas?

El factor grasa

Es fundamental entender con qué trabajan los investigadores. Los microplásticos son partículas diminutas, casi imperceptibles para muchos de nuestros instrumentos actuales. Pero aquí viene lo sorprendente: la grasa humana, tan abundante en nuestro organismo, emite una señal muy similar a la del plástico.

Considerando que nuestro cerebro está compuesto en un 60% por grasa, surge una pregunta obvia: ¿qué detectaron realmente los científicos? ¿Plástico o simplemente grasa?

El químico alemán Dušan Materić se muestra tajante: «Ese artículo sobre microplásticos en el cerebro, sencillamente, no es serio». Según él, los autores ignoraron que la grasa de los tejidos confunde los equipos de medición.

El fantasma de la contaminación

Existe otro problema inherente al trabajo con partículas tan pequeñas: la facilidad con la que las muestras pueden contaminarse. El plástico puede colarse en un tubo de ensayo desde cualquier parte: el aire, los guantes, el propio equipamiento del laboratorio. Distinguir el plástico del organismo del que se ha depositado accidentalmente resulta una tarea ardua.

La postura de los implicados

Los autores de los estudios cuestionados no están dispuestos a ceder. El profesor Matthew H. Campen, quien investigó el plástico en el cerebro, defiende su postura: «Es un campo muy nuevo, los métodos se están desarrollando. Los críticos aún no han demostrado que nos hayamos equivocado».

«No hay una receta fija sobre cómo investigar esto. Todos estamos aprendiendo sobre la marcha», explica.

Por su parte, la profesora Marja Lamoree, que estudió el plástico en la sangre, tampoco se retracta. Reconoce que las cifras exactas son difíciles de determinar por ahora, pero eso no significa que el problema no exista.

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¿Podemos relajarnos?

Es crucial no confundir los términos. Los científicos debaten sobre la precisión de las mediciones, no sobre la existencia del problema del plástico en sí mismo.

El plástico nos rodea; eso es un hecho. Está en el agua, en la comida, en el aire. Lo ingerimos y lo inhalamos a diario. La gran incógnita es la cantidad exacta que se acumula en nuestro interior y sus efectos sobre nuestra salud.

«Cada vez hay menos dudas: el microplástico en los tejidos existe. Simplemente, aún no sabemos cuánto», afirma el científico holandés Frederik Joakim Behrendt. El problema persiste, pero su magnitud real aún está por definirse.

¿Por qué es importante?

Los errores en la ciencia son peligrosos en ambos sentidos. Si se magnifica la amenaza, podríamos acabar con leyes ineficaces y un derroche de recursos. Si se minimiza, las industrias del plástico solo se beneficiarán, argumentando que todo fue una alarma innecesaria, y las regulaciones necesarias no se implementarán.

La verdad, como suele suceder, se encuentra en un punto intermedio. Pero para hallarla, necesitamos investigaciones sólidas y fiables, algo que, por ahora, escasea.

¿Qué hacer mientras tanto?

Mientras los científicos desentrañan el misterio, podemos tomar precauciones. Curiosamente, muchos investigadores del microplástico aplican sencillas medidas en su vida cotidiana:

  • Evitan calentar comida en recipientes de plástico, especialmente en el microondas.
  • Procuran no beber de botellas de plástico.
  • Ventilan sus hogares con más frecuencia.
  • Filtran el agua que consumen.

Estas acciones requieren poco o ningún coste y, desde luego, no harán daño.

Conclusión

Las alarmantes historias sobre microplásticos en nuestro organismo han quedado en entredicho debido a dudas sobre las metodologías de medición. Esto no significa que el plástico sea inofensivo. Significa que la ciencia aún no ha perfeccionado las herramientas para medirlo con exactitud.

El trabajo continúa, los métodos mejoran. Seguramente, en unos años sabremos mucho más. Hasta entonces, un consejo sencillo: evitemos calentar comida en plásticos. Por si acaso.

¿Y tú, qué medidas tomas para reducir tu exposición al plástico en el día a día?

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