Es una escena cotidiana en cualquier corral durante el invierno: tus gallinas picotean el suelo helado en busca de algún gusano, manteniéndose juntas para darse calor. Sin embargo, al fondo del gallinero, una de ellas permanece inmóvil, un poco alejada del grupo. Para un observador inexperto, parece simplemente estar descansando o disfrutando de un tímido rayo de sol estival. ¡Pero esto es un error clásico! Este comportamiento, lejos de ser inofensivo, es en realidad la primera señal de alarma que la naturaleza envía.
Comprender este lenguaje silencioso es lo que diferencia a un dueño casual de un criador experimentado, uno que sabe cómo proteger a su rebaño antes de que la situación se vuelva irreversible. No te pierdas esta guía crucial si cuidas de estas aves.
Una gallina no se aparta sin motivo: el aislamiento es el primer síntoma de malestar
La gallina es, por excelencia, un animal gregario. Su instinto de supervivencia está íntimamente ligado a la presencia de sus congéneres. En pleno invierno, cuando las temperaturas pueden ser gélidas, la cohesión del grupo es vital para mantener la temperatura corporal. Cuando una gallina decide alejarse del grupo, va en contra de sus instintos más profundos. Jamás es un capricho ni un deseo de soledad.
En el mundo animal, mostrar debilidad es peligroso. Una gallina enferma sabe instintivamente que se convierte en un blanco potencial, no solo para depredadores, sino a veces incluso para sus propias compañeras. Apartarse es, por lo tanto, un mecanismo de defensa, un intento desesperado por pasar desapercibida para sufrir en silencio. Si notas que una de tus protegidas no corre con las demás al repartir el alimento o se queda en el palo mientras el resto se activa, considéralo una urgencia.
Plumas erizadas y cabeza gacha: el lenguaje corporal que grita auxilio
Una vez detectado el aislamiento, una observación minuciosa de la postura del animal suele confirmar tus temores. Una gallina sana tiene el plumaje liso, el ojo vivo y la cresta roja y firme (aunque su color puede palidecer naturalmente en invierno durante la pausa de puesta). Por el contrario, el ave que sufre adopta una postura muy característica, a menudo descrita como «posición acurrucada».
Las plumas erizadas son un signo clínico importante. Si bien naturalmente sirven de aislante térmico contra el frío invernal, deben recuperar su lisura rápidamente. Una gallina que mantiene el plumaje revuelto constantemente, baja la cabeza entre los hombros o la esconde bajo un ala durante el día, en realidad busca conservar su calor corporal porque está luchando contra la fiebre o la hipotermia relacionada con su estado. El ojo entrecerrado o vidrioso también es un indicador de dolor o agotamiento intenso.

Los indicios digestivos que no engañan a los expertos
El diagnóstico se precisa a menudo observando lo que entra y sale del organismo del animal. Una gallina es naturalmente voraz. Incluso bien alimentada, no resistirá una golosina o restos de verduras frescas. Si reduce su consumo de alimentos o ignora un puñado de gusanos de harina, es que su metabolismo está gravemente afectado. Tocar suavemente su buche (la bolsa situada en la base del cuello) por la noche puede ayudarte: si está vacío o plano, no ha comido. Si está blando e hinchado como un globo de agua, puede indicar una obstrucción.
Otro indicador fiable, aunque poco agradable, se encuentra en el suelo. Las anomalías en las heces son marcadores directos de la salud interna:
- Las heces de color amarillo azufre pueden indicar un problema hepático o una infección bacteriana.
- La presencia de sangre (coccidiosis) es una emergencia veterinaria absoluta.
- Una diarrea líquida y verdosa persistente debe alertar, especialmente si contrasta con las deposiciones firmes y sanas de las otras gallinas.
Actuar de inmediato: aislar a la enferma para protegerla a ella y al rebaño
Ante este cúmulo de indicios —aislamiento, plumaje erizado, anorexia o trastornos digestivos— la inacción no es una opción. La prioridad absoluta es separar al individuo enfermo del resto del grupo. Esta medida de cuarentena cumple dos funciones esenciales.
Por un lado, protege al resto del gallinero de un posible contagio, ya sea de parásitos o de virus respiratorios frecuentes en invierno. Por otro lado, ofrece a la gallina enferma la calma necesaria para su convalecencia. Instálala en una caja grande, una jaula para perros o un pequeño corral separado, a resguardo de corrientes de aire y humedad. Cubre el suelo generosamente con paja para el calor. Ofrécele agua tibia (para evitar que queme calorías calentando el agua ingerida) a la que puedes añadir un poco de vinagre de sidra o vitaminas, y un alimento rico y fácil de ingerir.
La observación diaria vale más que un veterinario de urgencia
El jardinero atento sabe que la prevención es la clave de un ecosistema sano, ya sean plantas o animales. Dedicar diez minutos cada mañana a observar el comportamiento de tus gallinas mientras tomas tu café no es tiempo perdido; es una inversión. Es el momento ideal para detectar a la que cojea o a la que se queda en el nido demasiado tiempo.
Mantener una higiene impecable en el gallinero, especialmente con la humedad del invierno, es crucial. Cambiar la cama regularmente y vigilar la ausencia de ácaros rojos permite evitar muchos estrés innecesarios a tus aves. Una gallina es robusta, pero cuando manifiesta signos clínicos, a menudo ya es tarde. Tu vigilancia es su mejor seguro de vida.
Saber identificar que una gallina que se aísla es una gallina que sufre permite intervenir rápidamente y, en muchos casos, salvar al animal con cuidados sencillos como calor y reposo. Así que, en tu próxima visita al fondo del jardín, tómate el tiempo de observar atentamente a tus protegidas y verifica que todas estén presentes y activas.



